Manantiales de historias

Hoy 13 de diciembre es un día especial para Nosotras en la Posada, porque nuestra Nana Lucía estaría de fiesta cumpliendo años. Fue ella quien nos hizo amar tanto este espacio en el que crecimos, en el que fuimos creando historias mientras escuchábamos las suyas reunidas en la cocina con el olor del café recién hecho y el pan de Don Antolín. Le gustaban los charros remojados en su café con leche servido en su taza favorita: la taza más grande y café de las pocas que teníamos cuando empezamos a ir, cuando llegábamos a limpiar de a poco porque llevaba abandonada muchos años.

Una de las historias que más me gustaba escuchar era su historia con mi abuelo: un domingo en la Iglesia se vieron por primera vez y empezaron a escribirse cartas que se entregaban a escondidas ( a veces ayudados por algún mensajero especial) y así, después de un tiempo y con ayuda de mucho valor de su parte, un día el abuelo fue a pedir permiso para cortejarla… siguieron las cartas, las visitas supervisadas obviamente y después la boda… los hijos y los nietos.

Beyder

De los mejores recuerdos que tenía Nana Lucía de la casa en Chignautla eran las serenatas que le llevó mi papá antes de casarse, llegaba montado en su caballo pinto hasta el balcón de su habitación y aunque no tenía permiso para abrirle porque compartía el dormitorio con sus tres hermanas; se recargaba a la puerta de madera para escuchar su canción favorita: 🎼»Deja que salga la luna, deja que se meta el sol, deja que caiga la noche, pa’ que empiece nuestro amor…»
Pero mi abuela no estaba de acuerdo en que le llevaran serenata, así que, soltaba a los perros, llenaba una cubeta con agua fría para mojarlos desde el otro balcón gritando con fuerza: «váyanse con su música a otra parte»

Marina

Nana Lucia aprendió a muy corta edad, más o menos entre los 7 u 8 años a bordar, tejer, cocinar etc., pues así se acostumbraba en esos tiempos. Aún conservo su hermoso muestrario de puntadas de deshilado y uno de tantos tejidos que hizo, este muestrario en particular me asombra porque se ve idéntico por el frente y por la vuelta.

Pilar

El suave movimiento de la mecedora de madera y mimbre que era de la Nana y en la cual estoy sentada en este día soleado en el que escribo, me trajo el recuerdo de un instante que se volvió una imagen eterna en mi memoria.
Estábamos de vacaciones en la casa que ahora es nuestra Posada, yo tendría unos ocho años. Recuerdo que salía de la cocina en la que he escuchado muchas historias a lo largo de todos estos años y vi a la Nana Lucía sentada en esta misma mecedora en la que ahora me estoy meciendo y en un día con un clima similar a éste. Ella estaba en una esquina del patio tomando un baño de sol y hablando con la vecina a través de la barda que separaba nuestras casas. Yo seguí mi camino hacia la habitación y continué jugando sin saber que treinta y dos años después ése sería el recuerdo más vívido que tendría de mi abuela Nana Lucía.

Gabriela

De los recuerdos más felices de Nana Lucía había uno que, cuando lo describía, se transportaba a ese momento. Decía que una vez al año su papá compraba en la ciudad de México muchas cosas que acomodaban en cajas de madera y se transportaban en el tren que llegaba a la estación de la cercana ciudad de Teziutlán, desde ahí se utilizaba un camión que llevaba el cargamento a su casa en la población de Chignautla.

Las cajas se depositaban primero en la acera frente a la casa, esta acera es muy especial porque está en alto y aunque el clima fuese desfavorable con llovizna o lluvia no se mojaban ya que el agua que escurre de las tejas cae hasta la calle. Después de meter las cajas al corredor de la casa empezaban a abrirlas, los niños se emocionaban porque había juguetes, pero también se encontraban diversos artículos como: ropa, zapatos, sombreros, paraguas, telas para diferentes usos, cosas para la casa y alguna herramienta o mueble necesario. Recordar es volver a vivir una emoción y ese momento de felicidad se notaba en la mirada y la voz de Nana Lucía. Un hermoso recuerdo de su vida.

Pepis